Anomalía en rojo y gris

Zona profunda (1971)

Zona profunda (1971)

Qué extraña suerte la de esta película. Tras su presentación en el Festival de Venecia de 1970, que por aquellos años no era competitivo, flotaba en el aire la idea de que “Zona profunda” habría sido, sin duda, la más firme candidata a ganar el León de Oro. Un año después, cuando fue estrenada, fue saludada por parte de la crítica como una obra llamada a figurar entre lo más perdurable de su época, y a su director, Jerzy Skolimowski, se le comparó con Truffaut, Godard o Polanski, con quien, de hecho, había coescrito el guión de “El cuchillo en el agua”.

Jerzy Skolimowski

“Zona profunda”, sin embargo, fracasó estrepitosamente en taquilla, su productora la retiró de la circulación y pronto cayó en el olvido. Durante varias décadas, no sólo resultó prácticamente imposible verla en un cine o en televisión, sino que apenas se editó en formato de consumo doméstico. A pesar de que en 1982 un joven David Lynch declarara enfáticamente que la obra de Skolimowski era la única película en color digna de ser vista, “Zona profunda” desapareció literalmente del mapa y pasó a ser una peli fantasma.

A la zona profunda

En 2011, finalmente, coincidiendo con el cuadragésimo aniversario de su estreno, una versión restaurada de “Zona profunda” fue editada en DVD, y se reavivó el interés por una película que, vista ahora, y a diferencia de alguna de las obras con las que suele compararse (la más recurrente es la absurdamente reverenciada “Blow-up” de Antonioni), no sólo ha resistido muy bien el paso del tiempo, sino que su eco es fácilmente rastreable en películas contemporáneas como “Submarine” o “Las ventajas de ser un marginado”.

Jane Asher

Tal vez la explicación de su mala suerte no sea tan extraña, al fin y al cabo. “Zona profunda” es una anomalía. Una espléndida y perturbadora anomalía. Lo era hace cuarenta años y lo sigue siendo ahora. Por el modo en que bucea en la psique desorientada de un adolescente sometido a toda clase de estímulos sexuales en un Londres sórdido y gris que iba despertando del sueño psicodélico de los años sesenta.  Por el impagable abanico de secundarios que ilustran la ruina moral y la hipocresía que la sociedad inglesa de la época amontonaba bajo la moqueta. Por el soterrado e incisivo humor que recorre toda la película. Por la subyugante presencia de Jane Asher, exnovia de Paul McCartney y quintaesencia de las obsesiones quinceañeras más inconfesables. Por el espléndido manejo del color (el omnipresente rojo) y de la metáfora puesta en imágenes, siempre de modo elusivo y sugerente y rehuyendo el énfasis y las explicaciones unívocas. Por el inteligente uso de la música (que la emparenta con otra rareza irresistible, “Harold y Maude”), dosificada y modulada en función de las dos pulsiones en conflicto y abocadas a estallar. Por sus memorable minutos finales, culpables en gran medida, sin duda, de su fracaso entre el gran público, y que deberían bastar, por sí solos, para devolverle, cuarenta años más tarde, la suerte que nunca tuvo y su auténtica consideración.

Les escenes finals

http://www.filmaffinity.com/es/user/rating/278856/935925.html

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