Botella al mar para el dios del melodrama

Siempre hay un mañana

Vaya por delante que nunca he sido de los que van rompiendo alegremente sus promesas, entre otras cosas porque las consecuencias suelen ser imprevisibles. Una de las últimas que rompí, sin ir más lejos, me costó un matrimonio. Trece años y tres hijos después de aquel soleado día de julio, sigo preguntándome qué hubiera ocurrido si en vez de jurar y perjurar, ante doscientos invitados y una docena de feas estatuas de escayola que representaban a otros tantos señores barbudos, que defendería, aun con los puños, la fe católica, apostólica y romana, le hubiera dicho a aquel extraño hombre ataviado con faldas verdes qué pensaba en realidad de él, de su fe, de sus faldas y de su irritante e interminable retahíla de inquisiciones y dónde podía meterse, uno tras otro, a los barbudos señores de escayola. Trece años y tres hijos después de aquel soleado día de julio, tras descorchar una botella peregrina que ha caído hace poco en mis manos, romperé de nuevo una promesa. Y otro dios y otra fe habrán tenido la culpa.

Siempre hay un mañana_robot2

Siempre hay un mañana transcurre también, como se nos indica nada más empezar, en una soleada California donde siempre está lloviendo y ocasionalmente escondida bajo la niebla. El dato no es baladí: es una película que pertenece a un tiempo y a un director que decidió rodar lo más feo y confuso de las emociones humanas de la más elegante, delicada y sutil forma posible. Nada más lógico, por tanto, que esa lluvia y esa niebla, que la soledad de quien nunca está solo, que el acongojado corazón de plástico y metal de un juguete parlanchín a quien nadie parece escuchar. No, nada de eso es casual; nada lo es, de hecho, en una película que, en muchos aspectos, es un canto al oficio de cineasta, aquel que una vez consistió en elegir un sitio donde plantar la cámara y dejar que fuera ella la que hablara. Qué lejanos tiempos aquellos, en que no era necesario vociferar para hacerse entender. En que todo podía decirse a media voz. En que un delantal y una cafetera poseían el don de la elocuencia. En que no nos tomaban por imbéciles.

Siempre hay un mañana2

No creo equivocarme al pensar que esta es una película que representa todo lo que cinematográficamente admira el misterioso e incorruptible personaje que me ha hecho llegar un mensaje en una botella: la concisión narrativa, el sobrio despliegue de recursos técnicos, la sabia planificación de escenas, la riqueza de significaciones asociadas a encuadres e imágenes. De hecho, conociéndole, no resultaría extraño que el hecho de verla despertara en él un profundo sentimiento de nostalgia. El mismo que ahora me invade mientras cierro otra vez la botella y la devuelvo al agua con su nuevo contenido: un responso por el Dios del melodrama y una promesa rota. Nada del otro mundo, me temo, y mucho menos de éste.

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Hola y adiós, señor Allen

Blue Jasmine (2013)

Blue Jasmine (2013)

Esta es mi última crítica en FilmAffinity, y es a la vez una suerte y una lástima que así sea.

Es una suerte porque escribo estas líneas después de haber recuperado un ritual que seguí durante años y que hasta ayer creía perdido para siempre, el de ir al cine en buena compañía a ver la última de Woody Allen y salir de la sala reconciliado con la vida y agradecido por la enorme fortuna que ha supuesto para mí el haber podido disfrutar, durante años y años, del talento de uno de los contados artistas que le van quedando al cine. Que mis últimas palabras en FilmAffinity tengan como excusa una película de Woody Allen, y que, además, sirvan para constatar el regreso del mejor Allen, es algo que me basta para mantener el ánimo alto durante todo el día.

Cate Blanchett

Ahora es cuando debería hablar de la película, de su argumento hábilmente desplegado, de sus avances y retrocesos en el tiempo, del as en la manga que se guarda Allen para dar, en los minutos finales, una ingeniosa y sutil vuelta de tuerca al sentido global de la peli. Podría escribir acerca del talento descomunal que Allen ha demostrado en incontables películas para ofrecer delicados y hondos retratos femeninos, de esa Jasmine French que pasará, sin duda, a formar parte de su galería de personajes memorables. Podría hablar del sensacional trabajo de Cate Blanchett y del poco suspense que habrá este año en la gala de los Oscars a la hora de dar el premio a la mejor actriz: será suyo. Podría repasar el excelente trabajo del siempre infravalorado Alec Baldwin, o celebrar el regreso a lo grande de ese entrañable zoquete llamado Andrew Dice Clay, o dedicar algún chiste a la ausencia de Lady Pe, o mostrar mi alegría porque Allen haya cerrado su mediocre tour europeo y haya regresado a las calles de Manhattan y San Francisco.

Andrew Dice Clay

Pero no lo haré. Porque ya he dicho que, además de una suerte, es una lástima que sea esta peli la última que comento aquí. Y si es una lástima es porque cierro voluntariamente cuatro años en los que no sólo me he divertido escribiendo acerca de algo que ha llenado y seguirá llenando buena parte de mis días, sino porque gracias a mi paso por aquí he entrado en contacto con gente extraordinaria, con los que he compartido tan buenos momentos y de los que he aprendido tanto que sería tarea inútil tratar de agradecérselo. Tipos como Quim, Xavi, Nacho, Héctor, el misterioso señor Talibán y tantos otros con los que comparto una pasión que, tranquilos, sigue encendida y que, todavía, iluso de mí, espero compartir algún día entre risas y cervezas, en Polonia o donde sea. Gracias, gracias, gracias mil a todos.

Gracias mil también a quienes, de un modo u otro, me han hecho saber que alguno de mis textos les había interesado. Cuando uno empieza a llenar de palabras una página en blanco no sabe muy bien si esa tarea sirve para mucho más que para hablar solo, para contarse a uno mismo lo que cree haber visto sobre una pantalla unas horas o unos días atrás. A quién le puede importar, se dice uno a veces. Saber que sí le sirve a alguien, que en cualquier lugar y momento alguien se ha tomado la molestia de leer esas palabras escritas a solas y abandonadas a su suerte en una red inmensa y plagada de mensajes casi idénticos y que, después, esa persona se siente además impulsada a ponerse en contacto contigo para decírtelo es, de largo, lo más misterioso y reconfortante que me ha dado FilmAffinity.

Sólo por eso ya habría valido la pena haber pasado por aquí.

Y me quedas tú, claro. Como puedo señalarte con el dedo, lo hago, The Best Guitarist Ever, antes conocido como Ronnie James Dio, Ritchie Blackmore, Deep Purple, Rainbow, Gonzalo, Uztaila, Cascarrabias, Piloto Nocturno, Matar al Cerdo Hrundi y alguno más que se me olvida. Te dejo el campo libre para que sigas con tus jueguecitos. Podrás volver a votar tus propias críticas desde cuentas fantasma y sabotear las del resto de usuarios. Podrás escribir una y otra vez las mismas tonterías de siempre sobre el mismo puñado de películas. Cuando no tengas ganas de escribir, podrás copiar el texto de cualquier carátula de DVD y hacerlo pasar por tuyo. Podrás cambiar de disfraz una y mil veces sin que nadie te chiste. Podrás insultar a quien te dé la gana. El campo es tuyo, campeón.

Lo que no ya podrás hacer, ay, será tenerme en tus brazos y susurrarme tiernas palabras de amor. Sé que te estoy partiendo el corazón, pero debes ser fuerte. Encontrarás a alguien que me sustituya. Te mando un mensaje cantado y un vídeo para que vayas eligiendo maromo. Hay cinco hombretones ahí; alguno habrá que haga tilín.

Éste debe de ser el día más triste de mi vida.
Te dije que vinieras hoy aquí para darte malas noticias.
No podré verte más
debido a mis obligaciones y a tus ataduras.
Nos hemos estado encontrando aquí cada día,
y ya que éste es nuestro último día juntos,
quiero abrazarte una vez más.
Cuando te des la vuelta y te alejes, no mires atrás.
Quiero recordarte así.
Tan sólo besémonos y digámonos adiós.

Tenía que verte hoy aquí.
Hay tantas cosas que decir.
Por favor, no me interrumpas hasta que haya acabado.
Esto es algo que odio hacer.
Nos hemos estado encontrando aquí durante mucho tiempo.
Supongo que lo que hicimos estuvo mal.
Por favor, cariño, no llores.
Tan sólo besémonos y digámonos adiós.

Han pasado muchos meses,
(Te voy a echar de menos)
te voy a echar de menos, no puedo mentir.
(Te voy a echar de menos)
Estoy atado y también tú lo estás.
Creo que esto es lo correcto.
Me va a doler, no puedo mentir.
Tal vez encuentres, encuentres a otro chico.
Entiéndeme, ¿lo intentarás?
Tan sólo besémonos y digámonos adiós.

(Te voy a echar de menos)
te voy a echar de menos, no puedo mentir.
(Te voy a echar de menos)
Entiéndeme, ¿lo intentarás?
(Te voy a echar de menos)
Me va a doler, no puedo mentir.
(Te voy a echar de menos)
Coge mi pañuelo, sécate los ojos.
(Te voy a echar de menos)
Tal vez encuentres, encuentres a otro chico.
(Te voy a echar de menos)
Tan sólo besémonos y digámonos adiós, cariño.
(Te voy a echar de menos)
Por favor, no llores.
(Te voy a echar de menos)
Entiéndeme, ¿lo intentarás?
(Te voy a echar de menos)
Tan sólo besémonos y digámonos adiós.

Adiós, palomita mía. Pronto sólo me quedará de ti tu recuerdo.

Bueno, eso y tu ip.

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Bé, no crec que faci falta afegir gran cosa més. Ha esta bé mentre ha durat, però un dia o altre s’havia d’acabar, i avui era un dia tan bo com qualsevol altre per fer-ho. Qui em vulgui trobar, ja sap on trobar-me. De fet, no crec que la meva decisió sigui tant un comiat com un retrobament. Amb qui vulgui passar a saludar-me, amb les coses que m’importen de debò, amb el vell vici d’enfilar lletres, amb l’oportunitat d’oferir a les que he anat enfilant al llarg dels darrers anys, ja esgrogueïdes i pansides, una nova casa en què quedar-se i tenir una nova vida. No les deixaré pas òrfenes i en mans de qui sap qui.

Benvinguts altre cop, doncs, a casa meva.

La Mano de Dios

Elvis - '68 Comeback Special (1968)

Elvis – ’68 Comeback Special (1968)

La historia de esta grabación, si uno se para a pensarlo, empieza en la ciudad holandesa de Breda, allí donde Andreas Cornelis van Kuijk pasó su juventud, saltando de empleo en empleo y tratando de escapar de la miseria. Tras huir a los Estados Unidos, donde esperaba encontrar la Tierra de Promisión, aquel joven holandés, pese a sus esperanzas, fue dando tumbos durante años, empleado en circos y ferias ambulantes. Lentamente, sin embargo, su suerte fue cambiando, y a mediados de los cincuenta, Kuijk, que había americanizado su nombre y ocultaba celosamente su auténtico origen, se había convertido en un ambicioso representante artístico en busca de alguien que le asegurara una larga y cómoda vejez. Y en cuanto Elvis Presley se cruzó en su camino, él, Andreas, el coronel Tom Parker, tuvo la certeza de que nunca volvería a pasar hambre.

Andreas Cornelis van Kuijk (1927)

El especial navideño que Parker había ideado para Elvis en 1968 no era, en principio, sino otro paso más hacia su propia jubilación dorada, una nueva ocasión para exhibir la momia del antiguo Rey del Rock, que él mismo se había encargado de mantener perfectamente embalsamada, impidiéndole grabar disco alguno durante su servicio militar, apartándole de los conciertos en vivo, atándole a interminables contratos con los estudios de Hollywood. Elvis embutido en un esmoquin, cantando villancicos. Y un cheque con seis ceros. El estómago del coronel tenía muy claro cómo iba a ser aquella actuación.

Elvis i el coronel

Pero Elvis dijo no. Harto de una carrera cinematográfica que no conducía a ninguna parte y encerrado en una burbuja de lujo y tedio que lo carcomía, Elvis se reunió con Bob Finkel, el responsable del evento, y le dejó muy claro que no le importaba la opinión del coronel, que no iba a enfundarse en un esmoquin, que no iba a cantar villancicos. Sólo quería salir a un escenario y demostrar quién era él realmente.

Lo demás, como se suele decir, es historia.

El Retorn

Si pudiera reducirse el Rock a un puñado de instantes, esta grabación estaría, sin duda, entre ellos. Nadie que ame realmente la música puede marcharse del mundo sin haber presenciado lo que, más que un ejercicio de resurrección, es uno de los ajustes de cuentas más brutales e inmisericordes de los que hay recuerdo. Con el coronel. Con quienes le consideraban un títere o un fósil. Con todos cuantos habían pretendido usurpar un trono que, de modo incontestable, volvía a ocupar. Porque era y sigue siendo suyo.

Tras la actuación, Elvis, ya en su camerino, pidió que fueran a buscar al coronel. “Se acabó”, le dijo a Parker, mientras cortaban a tijeretazos su traje de cuero negro, adherido a su cuerpo a causa del sudor. “Voy a salir de gira y a dar conciertos en directo”. Parker, de momento, calló. Pero su estómago de feriante no dejó por ello de hacer números. La vieja miseria de Breda debió asaltar, en un momento u otro, su memoria.

Tom Parker (1909-1997)

Andreas Cornelis van Kuijk, también conocido como coronel Tom Parker, murió en enero de 1997, casi 20 años después de la muerte de Elvis Presley.

El Retorn

Dos instantes:

1) Elvis, rodeado de viejos amigos, desentierra canciones perdidas en el túnel del tiempo. Juguetea con su guitarra. Bromea. Sus amigos le ríen las gracias. Va a cantar “Lawdy Miss Clawdy”, doce años después de tocarla por última vez. Entona la canción, pero falla. Hay bromas. Entonces entona la canción por segunda vez.

Dios mío.

2) Elvis se enfrenta de nuevo a un público en directo, siete años después. Solo, en un pequeño cuadrilátero, recoge una guitarra y se la enfunda. Suenan las primeras notas de “Heartbreak Hotel”. Elvis, aferrado a la guitarra, entona la primera frase de la canción. Tiene los ojos cerrados. En la segunda frase, acerca su mano al micrófono. La mano tiembla. Sigue cantando. Siete segundos después, Elvis abre los ojos y barre con la mirada al público. Sonríe.

Es el Rey.

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I, per si en quedés algun dubte, encara una més, abans que el Rei deixi aquest edifici:

Exit light, enter night

Sinister (2012)

Sinister (2012)

Hay que ver, cómo somos. Tras leer bastantes de las críticas de esta película, uno llega a la conclusión de que lo que más parece irritar a algunos de sus detractores es que una película de terror intente parecer, aun remotamente, una película de terror. Es como si alguien pusiera el grito en el cielo porque en un musical los actores fueran y se pusieran a cantar. O saliera escandalizado de un partido de fútbol porque una panda de tíos le han estado pegado patadas a un balón que, encima, rodaba por un tedioso y previsible césped de color verde. Más que pedirle calidad al espectáculo, lo que algunos parecen empeñados en exigirle es que sus reglas cambien constantemente para complacer a sus delicados y nunca satisfechos paladares.

 Sinister

Pedirle originalidad a una película de terror que empieza con una familia atribulada que se traslada a una nueva casa, marcada por un hecho espeluznante, es tarea inútil, y lo que los latosos apóstoles de la innovación deberían haber hecho nada más ver a Ethan Hawke descargando cajas de una camioneta de mudanzas es abandonar la proyección y buscar el modo de aprovechar las siguientes dos horas de su vida. Porque en cuanto decide uno quedarse y ver qué pasa, lo más sensato es no discutir las leyes del género en cuestión y valorar tan sólo la  habilidad con que se desenvuelve jugando con ellas y aceptándolas sin rechistar.

  Sinister

Que quede claro: Sinister no es una gran película. Es convencional y modosa y no pretende inaugurar o reinventar tendencia alguna. No ofrece novedades sustanciales en ningún plano. Tal vez por ello resulta simpática. Por su falta absoluta de pretensiones, por asumir sin complejos su condición de producto de entretenimiento, por tratar con respeto al espectador que sólo espera de una peli de miedo que cumpla con el que se supone que es su cometido principal. Hay golpes de efecto, es cierto, y subidones de música y escenas de tensión, recursos todos ellos tan manidos como solvente es su ejecución. La acción no se ahoga en sangre y se prefiere la narración elíptica, infinitamente más inquietante. Hawke dota al personaje principal del extravío y la vulnerabilidad imprescindibles para dar entidad a un guión cuyo mayor hallazgo son esas perturbadoras cintas que lo vertebran y el giro a la vez irónico y malicioso que conduce al estremecedor tramo final con que la peli acaba cumpliendo, con creces, su modesta misión.

 Sinister

Todo esto me lo han contado, claro. Un buen amigo mío, ya entrado en años, la vio a solas y a oscuras en su casa. Me dijo que, tras verla, recorrió un pasillo que le pareció interminable, encendiendo cuantas luces encontró a su paso. Comprobó que todos estuvieran durmiendo en sus camas y respiró aliviado al recordar que no tenía jardín con árbol, ni piscina, ni césped ni leña por cortar. Y cuando estuvo al fin en la cama, en la oscuridad de su habitación, deseó de corazón que no hubiera nadie en la sombra, esperando que cerrara los ojos, para acercarse y tocarle y llevarle con él.

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Nunca debisteis confiar en mí

En la casa (2012)

En la casa (2012)

Nunca debisteis confiar en mí. No, no os culpéis; es comprensible que lo hicierais. Os engañaron mis blandos modales, mi aspecto angelical, mi tímida sonrisa de niño desamparado y necesitado de afecto. Os vencí sin apenas luchar. Así lo había planeado. Sois tan fáciles, tan previsibles. Leo en vosotros como en un libro abierto. No necesito sino ir pasando las páginas, dejaros hablar, que vuestra inútil y condescendiente palabrería os haga sentir superiores. Nada hay que temer, ¿no es cierto?, de un torpe e inofensivo adolescente con mucho que aprender. Hablad, hablad, y fingid que escucháis. Con eso tengo bastante para entrar en vuestra casa.

l'inconfusible olor de la dona de classe mitjana

Todo cuanto deseo es robaros, despojaros de todo cuanto es vuestro. No os alarméis, no seáis ridículos, no llaméis aún a la policía. No hablo de vuestros estúpidos televisores de plasma. No me interesan las vulgares reproducciones de Klee que comprasteis a juego con la pintura de vuestro salón. No me llevaré, querido profesor, ninguno de esos libros que le hacen añorar una vida que nunca se ha atrevido a llevar, que nunca ha sido capaz de vivir. Lo que yo quiero no está en los libros. Está en el aire que respiráis, en el inconfundible olor de vuestros deseos y frustraciones. En el cuarto de baño que no se construirá. En la estrella del baloncesto que nunca llegará a jugar con los Grizzlies. En la novela, querido profesor, que ya jamás verá la luz. En todo lo que, de no ser por mí, nunca nadie podría saber. Ahora, todo se sabrá.

a la casa

Y si, por algún motivo, se cierra algún día la puerta, nada podría importarme menos. Es tarde para volver atrás. Ya he estado en la casa. Tengo cuanto quería. He explorado la pobre cáscara sin fruto a la que llamáis vuestra vida. El triste decorado que habéis robado de alguna revista de decoración. Las insípidas conversaciones de sobremesa que adornan vuestra vida en familia. Vuestros delirios de tinta seca y látex roñoso. Vuestras camas frías. Vuestros huesos enfermos. Sé quiénes sois. Sé qué queréis ser. Sé lo que nunca seréis. Lo que antes era vuestro es ya mío y sólo mío. Podéis cerrar la puerta, sí, y huir a China si así os sentís más seguros, pero es inútil. Palabra a palabra os voy borrando, trazo a trazo os hago míos. Os desnudaré, os despojaré de todo, saquearé vuestras casas a mi antojo. Bailareis en mis manos mientras quiera daros cuerda. Y cuando llegue el final, desapareceréis sin dejar rastro.

finestres obertes

¿No ve, querido profesor, todas esas ventanas abiertas? Qué hermosas son, ¿verdad? Ahí están, llamándome, esperándome, como un día lo esperaron a usted. ¿Lo recuerda aún? En todas ellas hay una historia, vidas que suplen a la vida, que no se marchitan ni pierden brillo, que no se tuercen contra nuestra voluntad, que merecen algo más que esa jaula que llamamos casa. Vidas que dicen mi nombre, que piden a gritos que las robe. Y eso haré. En cuanto haya encontrado un final para usted.

Al fin y al cabo, siempre hay una forma de entrar en una casa.

(continuará)

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El mejor guitarrista de todos los tiempos

"El único testigo" (1954)

“El único testigo” (1954)

Cuenta una de las tantas leyendas apócrifas que circulan por el mundo del rock que a Jimi Hendrix le preguntaron un día qué se sentía al ser el mejor guitarrista del mundo. “No lo sé”, habría contestado al parecer Hendrix. “Eso deberías preguntárselo a Rory Gallagher”. Sea cierta o falsa la anécdota, la verdad es que, en 1972, Rory fue elegido el mejor guitarrista del mundo por los lectores de la revista Melody Maker, por delante de músicos de la talla de Jimmy Page, Eric Clapton o Pete Townshend. En el décimo y último lugar de esa lista figuraba Ritchie Blackmore, al frente todavía, por aquel entonces, de Deep Purple.
Jimi Hendrix

A pesar de su bien ganada fama de borde y ególatra, Blackmore no sólo no se tomó mal el resultado de la votación, sino que, a lo largo de los siguientes años, no dejó de deshacerse en elogios hacia Rory, con quien compartió escenario no pocas veces y al que llegó a llamar “el artista definitivo”. Y eso sí, seguro, no es una leyenda:ahí está, escrito en letras de imprenta, para quien quiera o sepa leerlo.

Rory Gallagher

Ritchie Blackmore es, también, uno de los muchos nombres de guerra usados en el pasado por cierto usuario de FA (*), reiteradamente expulsado de aquí por, entre otras cosas, fusilar desde múltiples cuentas las críticas ajenas e hinchar los votos positivos de sus misérrimos teletipos de cinco líneas, insultar y amenazar a otros usuarios a través de críticas o mensajes, o copiar textos de carátulas de DVD y páginas web y hacerlas pasar por propios. Cuando esto ocurre, tiene uno que avisar para que desraticen y desinfecten el lugar. A veces es lento y enojoso, pero, al final, el agua acaba siempre cayendo cañerías abajo, arrastrando a esta sabandija de regreso a las cloacas. Al menos, durante un rato.

El plasta ha vuelto, sí, y con él sus grumosos anacolutos, sus provocaciones de parvulario, su deplorable ortografía, sus machaconas peroratas hediondas de pacharán. Qué le vamos a hacer. Así como Blackmore lleva años y años perdido en el país de los Pitufos, así vive nuestro hombre, atrapado en un extraño mundo en que una fruslería como El único testigo, que en un mundo normal no sería sino un simpático pero estereotipado y plano producto de serie B, repleto de situaciones inverosímiles y rodado sin ningún tipo de distinción, es elevada a la categoría de obra maestra absoluta. Será por esos polis que entran en la casas sin orden de registro y se llevan máquinas de escribir por la jeta. O que en un visto y no visto le meten a uno a empellones en un frenopático. Que vayan tomando nota, en todo caso, los capos de FA: si hicieran como esos maderos, qué rápido se acababa el problema.

Ritchie Blackmore al pais dels Barrufets

En fin, a diferencia del farsante que usurpó su nombre, el auténtico Ritchie Blackmore sabía quién era el mejor guitarrista de todos los tiempos. Y a no ser que os llaméis Ana y os apellidéis Botella, todos podéis saber qué nombre gasta ahora el pichoncito que se muere por mis huesos y que nunca, nunca, nunca acepta un no por respuesta (**).

spoiler:
(*) Ya me disculparás, corazón, si me dejo alguno: Ritchie Blackmore, Ritchie Blackmore’s Rainbow, Rainbow, Ronnie James Dio, Deep Purple, Gonzalo, Uztaila, Matar al Cerdo Hrundi, Cascarrabias, Piloto Nocturno. Entre otros, supongo.

(**) Lesson 1: Translate into English the title of this review.

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Destellos de gracia fordiana (III): El último lugar en la tierra

Siete mujeres (1966)

Siete mujeres (1966)

John Ford tenía muchas caras, pero a pesar de ello –o quizá por ello-, decidió enseñar siempre la misma: la del iletrado artesano de westerns, cuya única ambición consistía en recibir un cheque a cambio de un trabajo bien hecho y que rugía ante la mera sugerencia de las supuestas aspiraciones artísticas o poéticas de sus películas. En sus últimos años, Ford, ataviado con su parche y su cigarro y parapetado detrás de su sordera, convirtió cualquier entrevista en el escenario ideal para el que siempre había sido su deporte preferido: el de hacer y decir exactamente lo contrario de lo que se suponía que tendría que haber dicho y hecho. Empeñado como estaba en proteger las contradicciones que eran la esencia misma de su carácter y de su modo de hacer cine, Ford acabó convirtiéndose en el principal responsable de la distorsión y simplificación tanto de su imagen pública como del sentido final de sus películas.

John Ford (1972)

No es extraño, por ello, que sean precisamente los ilusos y papanatas que han procurado reducir a Ford a la categoría de caricatura a la cual pueden cargar el muerto de sus propios prejuicios aquellos que se muestran sorprendidos o agradecidos porque –dicen- Ford, en Siete mujeres, no parece Ford. Una película que transcurre tras una empalizada en una frontera amenazada por bárbaros, en el último lugar de la tierra. En la que suena “Shall we gather at the river”. En la que se censuran con fiereza la hipocresía, el puritanismo o el ciego apego a un código de conducta tan recto en apariencia como esencialmente inhumano. En la que un héroe que transgrede las normas establecidas acaba mostrando la insensatez y la ficticia armonía del orden vigente en una comunidad cerrada. En la que un sacrificio callado y altruista es a la vez condenación y salvación. En la que una de los protagonistas dice haberse pasado toda la vida en busca de algo que nunca ha podido encontrar.

Quienes son incapaces de ver en a Ford en Siete mujeres son, en el fondo, víctimas de la más sostenida y elaborada fabulación fordiana, la que le quiere maniatado a una corneta de la caballería, machista, racista, tradicionalista, sensiblero y simplón. Sólo los habituados a identificar a Ford con el puñado de facilones estereotipos que él mismo contribuyó a cimentar pueden sorprenderse porque, en su despedida, Ford dirigiera una película cuyo elenco está casi exclusivamente compuesto por mujeres y en la que los hombres son reducidos a la condición de bestias cobardes y entregadas a la satisfacción de sus más bajos apetitos. O porque en ella se examinen con crudeza los rincones más oscuros y falsarios de la fe religiosa. O porque uno de sus protagonistas, Woody Strode, un negro con sangre india, se convirtiera por aquellos años en uno de los mejores amigos de Ford y fuera uno de los pocos elegidos que pudieron despedirse de él, del racista, misógino y reaccionario Ford, en el lecho de muerte del mejor director de todos los tiempos, tal día como hoy, hace ya cuarenta años.

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Destellos de gracia fordiana (II): De vuelta del mar

No eran imprescindibles (1945)

No eran imprescindibles (1945)

En septiembre de 1941, John Ford metió algo de ropa y unas pocas pertenencias en una pequeña maleta y le dijo a su mujer que partía hacia Washington en viaje de negocios y que estaría de vuelta en un par de días. Ford, sin embargo, no regresó a casa hasta 1945, tras el final de la Segunda Guerra Mundial y después de haber cumplido lo que él consideraba un inexcusable deber patriótico.

John Ford a Midway

A lo largo de cuatro años, Ford, al servicio de la Armada, cambió los estudios y decorados de los que se había valido, hasta entonces, para recrear una imagen verosímil del mundo, por los escenarios reales donde se libraba el auténtico drama humano de su tiempo. Sobrevoló y fotografió, en misiones secretas, zonas de interés militar. Grabó bajo fuego enemigo la batalla de Midway y el desembarco de Normandía. Cubrió la Operación Antorcha en el norte de África y fue arrojado en paracaídas sobre la jungla birmana. Fue herido por la metralla japonesa y vio caer a muchos hombres, tanto soldados como de su unidad fotográfica, antes de regresar a su hogar.

No eran imprescindibles, la primera película que rodó nada más regresar a Hollywood, es el homenaje de Ford a los hombres que, como él, habían dejado atrás casa y familia sin saber a ciencia cierta si volverían a verlas. Libremente basada en hechos reales y deliberadamente ubicada en los primeros meses de la guerra del Pacífico, en un momento en que los japoneses estaban barriendo a los estadounidenses, la película de Ford no sigue, sin embargo, los patrones del cine bélico del momento.

Els carrerons foscos de la guerra

Lejos de los enardecidos productos de exaltación y propaganda rodados en los años inmediatamente anteriores, No eran imprescindibles desplaza la acción bélica o la glorificación de las gestas personales a un segundo plano y examina, en cambio, el fenómeno íntimo de la guerra, la experiencia mortificante de la inacción, el sacrificio de toda ambición personal, la callada y rutinaria espera, en plena derrota, de una victoria todavía remota y del incierto regreso al hogar. A Ford no parecen interesarle tanto las batallas como sus escombros, ni el paseo triunfal de los héroes como las sombras de los caídos sin nombre.

La gràcia fordiana

El resultado es una de las películas bélicas más sobrias, melancólicas y plagada de claroscuros jamás filmadas, donde brillan con luz propia no pocos destellos de gracia fordiana. El baile de John Wayne y Donna Reed. El silencioso coro de gestos y miradas con que los soldados reciben en la cantina la noticia de la caída de Filipinas. La despedida en el porche del viejo propietario del astillero. El responso improvisado en el que, a falta de sacerdote y oraciones, se recitan los versos que Robert Louis Stevenson escribió a modo de epitafio (“los únicos que sé”, confiesa Wayne), aquellos en que, bien mirado, se cifra todo el sentido de la película y en los que el gran escritor escocés pedía ser enterrado bajo el inmenso y estrellado cielo, y descansar, por fin, allí donde él quería, de nuevo en casa, de vuelta del mar.

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Destellos de gracia fordiana (I): Así nació Natani Nez

Peregrinos (1933)

Peregrinos (1933)

John Ford no inventó el cine, pero, de un modo u otro, se acabó apropiando de él. Al fin y al cabo, si se vuelve atrás la mirada, se hace difícil poner en duda que haya existido, en toda su historia, una figura cuya sombra se extienda de un modo tan perdurable, influyente y poderoso como la de Ford. No, tal vez no inventó el cine, pero John Ford fue, sucesivamente, pionero, innovador y dueño absoluto de los resortes secretos de un arte que jamás habría sido el mismo sin él. “Prácticamente cualquier cosa que cualquiera de nosotros haya hecho”, decía Sidney Lumet en 1973, “puedes encontrarla en una película de John Ford”.

Cuando se habla de Ford y se citan sus obras maestras, parece existir, no obstante, la tácita convicción de que no fue hasta La diligencia cuando ofreció la auténtica dimensión de su talento. Como todos los tópicos, esta creencia tiene algo de verdad, pero es esencialmente errónea, ya que obvia el hecho de que en 1939 Ford llevaba un cuarto de siglo en el mundo del cine, donde había desempeñado las más diversas tareas, al servicio de su hermano Francis –el primer Ford famoso como director de cine- o de Griffith -a cuyas órdenes se enfundó una capucha del Ku-Klux-Klan en El nacimiento de una nación-, antes de dirigir sus propias películas, con apenas veintidós años.

Peregrinos, rodada seis años antes de pisar por primera vez Monument Valley y de dignificar un género relegado hasta entonces a la condición de pasto de ganado, es, tal vez, la mejor película de Ford anterior a La diligencia, y, en no pocos aspectos, resiste perfectamente la comparación con muchas de sus obras mayores de décadas posteriores. Pese a la evidente superioridad técnica de sus trabajos más famosos y del hecho de que estos se desarrollen en sus marcos físicos más reconocibles, es aquí, en Peregrinos, donde cristalizan por primera vez, de modo diáfano, algunas de las recurrencias temáticas y estilísticas inconfundibles del universo fordiano.

La gràcia fordiana

No hacen falta sino unos pocos minutos para comprobar que Ford, en 1933, ya era Ford; los suficientes para que su innato sentido de la composición y el encuadre, su pasmoso dominio de la iluminación o su agudo escrutinio de la naturaleza humana dejen más claro que rótulo alguno quién firma la película. Si en algo es rica Peregrinos, sin embargo, es en eso que se llamó gracia fordiana, esas breves, sutiles y aparentemente involuntarias rúbricas en forma de gestos o miradas de las que Ford se servía para narrar sin malgastar una sola palabra, sugiriendo (que no subrayando) las líneas no escritas del guión. Una mano enguantada recogiendo un ramo de flores a través de una ventanilla de tren. Una trinchera aplastada bajo un silencioso torrente de barro. Un cubo de agua bajo una tormenta. La reunión de los pedazos rotos de una fotografía.

La gràcia fordiana

Sí, así –y no más tarde- nació el hombre al que los navajos llamaron Natani Nez, que no en vano significa El Guerrero Alto. Pero eso ocurrió después, y es otra historia.

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Anomalía en rojo y gris

Zona profunda (1971)

Zona profunda (1971)

Qué extraña suerte la de esta película. Tras su presentación en el Festival de Venecia de 1970, que por aquellos años no era competitivo, flotaba en el aire la idea de que “Zona profunda” habría sido, sin duda, la más firme candidata a ganar el León de Oro. Un año después, cuando fue estrenada, fue saludada por parte de la crítica como una obra llamada a figurar entre lo más perdurable de su época, y a su director, Jerzy Skolimowski, se le comparó con Truffaut, Godard o Polanski, con quien, de hecho, había coescrito el guión de “El cuchillo en el agua”.

Jerzy Skolimowski

“Zona profunda”, sin embargo, fracasó estrepitosamente en taquilla, su productora la retiró de la circulación y pronto cayó en el olvido. Durante varias décadas, no sólo resultó prácticamente imposible verla en un cine o en televisión, sino que apenas se editó en formato de consumo doméstico. A pesar de que en 1982 un joven David Lynch declarara enfáticamente que la obra de Skolimowski era la única película en color digna de ser vista, “Zona profunda” desapareció literalmente del mapa y pasó a ser una peli fantasma.

A la zona profunda

En 2011, finalmente, coincidiendo con el cuadragésimo aniversario de su estreno, una versión restaurada de “Zona profunda” fue editada en DVD, y se reavivó el interés por una película que, vista ahora, y a diferencia de alguna de las obras con las que suele compararse (la más recurrente es la absurdamente reverenciada “Blow-up” de Antonioni), no sólo ha resistido muy bien el paso del tiempo, sino que su eco es fácilmente rastreable en películas contemporáneas como “Submarine” o “Las ventajas de ser un marginado”.

Jane Asher

Tal vez la explicación de su mala suerte no sea tan extraña, al fin y al cabo. “Zona profunda” es una anomalía. Una espléndida y perturbadora anomalía. Lo era hace cuarenta años y lo sigue siendo ahora. Por el modo en que bucea en la psique desorientada de un adolescente sometido a toda clase de estímulos sexuales en un Londres sórdido y gris que iba despertando del sueño psicodélico de los años sesenta.  Por el impagable abanico de secundarios que ilustran la ruina moral y la hipocresía que la sociedad inglesa de la época amontonaba bajo la moqueta. Por el soterrado e incisivo humor que recorre toda la película. Por la subyugante presencia de Jane Asher, exnovia de Paul McCartney y quintaesencia de las obsesiones quinceañeras más inconfesables. Por el espléndido manejo del color (el omnipresente rojo) y de la metáfora puesta en imágenes, siempre de modo elusivo y sugerente y rehuyendo el énfasis y las explicaciones unívocas. Por el inteligente uso de la música (que la emparenta con otra rareza irresistible, “Harold y Maude”), dosificada y modulada en función de las dos pulsiones en conflicto y abocadas a estallar. Por sus memorable minutos finales, culpables en gran medida, sin duda, de su fracaso entre el gran público, y que deberían bastar, por sí solos, para devolverle, cuarenta años más tarde, la suerte que nunca tuvo y su auténtica consideración.

Les escenes finals

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